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sábado, 9 de diciembre de 2017

Espera eterna

Las chispas surgieron cuando apagó el cigarrillo contra las baldosas que había frente al banco. Estaba casi irreconocible, con la bufanda deshilachada hasta la nariz y la tez amarillenta por las farolas. Pero sabía que cuando llegara, sabría reconocerlo. 

Es algo curioso, como esperamos que nos reconozcan simplemente por nuestra figura, o por nuestra voz cuando pegamos a un porterillo y respondemos 'soy yo' para que nos abran la puerta. 

El reloj del móvil le chivó que llevaba esperando más tiempo de la cuenta. Encendió un nuevo cigarro y aguantó un rato más. Hacía un frío casi insoportable, y se le estaba quedando el culo helado con el banco de piedra, pero aún así siguió esperando. Diez, quince, treinta minutos más. Esperó hasta que la cajetilla se terminó, y con ella la poca paciencia que le quedaba.

Al final tuvo que admitir que nunca llegaría, y que los cuentos de navidad no siempre tienen un final feliz. 

sábado, 18 de noviembre de 2017

Un par de litros

Aquel día rompió con su habitual 'mejor sorprenderse que desilusionarse' que llevaba a modo de bandera y se permitió tener un poquito de esperanzas. Un par de litros, no tenía más. 

La sensación era extraña, casi como un recuerdo olvidado que vuelve en un deja vu. Se sentía incluso feliz. O al menos más contento de lo que se había sentido en los últimos meses. Tal vez estaba equivocado al mantener tantas reservas con lo referente a la esperanza. 

Todo podría haber salido bien. Podrían haberle enseñado a querer, aquella asignatura que aún le quedaba pendiente antes de abandonar el mundo en el que vivía. Podría haberse encontrado cara a cara con aquella esquiva felicidad, haberse lanzado a ella sin reservas, dejando la duda en el bordillo de la piscina. Podría haber roto sus leyes, podría haberse olvidado de todas las grietas que componían su ser. Tal vez incluso hubiera sanado lo suficiente como para tener expectativas. 

Pobre niño, que de nuevo se vio dando vueltas desorientado, con las costuras saltadas, y sin sangre en las venas. Se abrió la jaula de su cabeza y los pájaros volaron lejos, dejándolo vacío. No se encontró la felicidad tras la puerta, sino aquella vieja voz que le susurraba de vez en cuando aquellas historias que ya conocía de memoria. 

'No eres lo suficientemente bueno'.

'La felicidad no está hecha para todos'. 

'No estás haciéndole ningún favor a nadie estando aquí'.

martes, 26 de septiembre de 2017

Quietud

Me dijo, cargado de melancolía,
que debía marcharse
y que eso era lo que le dolía.

No supe que decir en aquel momento
así que por primera vez
decidí callarme
y ver si funcionaba aquel experimento.

El silencio era lo único
que jamás había probado
ya que fueron mis palabras
las que lo habían enamorado.

Y mientras hacíamos de nuevo aquel camino
con los labios sellados
y los corazones casi helados
nuestras manos se rozaron por obra del destino.

Paramos en seco y nos miramos
a través del manto de quietud que habíamos tejido
tras abrazarnos lloramos
y casi susurrando me dijo 'ven conmigo'.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Dos corazones

Por raro que pudiera parecerle al mundo, allí donde parecía haber una persona completamente normal , con sus dos brazos, dos piernas y una cabeza, había un ser humano, que a pesar de ser físicamente corriente, tenía en el pecho dos corazones. 

No era algo que le impidiera hacer una vida ordinaria, como se esperaba de él, y de hecho disfrutaba haciendo tareas tan superfluas como ir a la facultad, ver una película en el cine o salir a tomar algo los sábados por la noche. 

Tener dos corazones donde debería haber únicamente uno, era su mayor secreto y lo ocultaba tras una espesa capa de vulgaridad. No podía simplemente decir que tenía dos corazones: si aquello salía a la luz, se descubriría su individualidad, y con ella temía que la soledad que sentía a veces se hiciera realidad.

Porque tener dos corazones hacían que sintiera con muchísima intensidad. Lo malo es que no solamente se amplificaban sus sentimientos de euforia, felicidad, éxtasis o determinación, sino que las cosas malas también sufrían el mismo énfasis. No era raro verlo más taciturno de lo normal, reflexionando sobre el sentimiento de vacío, de desgana, de soledad, insatisfacción, y en algunas ocasiones, incluso la muerte. 

Se sentía casi como una montaña rusa: a veces en la cima más alta, capaz de hacerle frente a cualquier adversidad, y otras en la parte más baja, en la que no le apetecía salir de su palacio de sábanas. 

A veces reflexionaba seriamente sobre el hecho de ir al médico y pedirle que le extirpara uno de los dos corazones, ya que al fin y al cabo con uno se puede vivir perfectamente. 

Pero al final nunca lo hacía, ya que a pesar de vivir con una fingida normalidad que le permitía estar con el resto de seres humanos, en el fondo de sus dos corazones sabía que era algo más que esos pobres y corrientes personajes. Sabía que, a pesar de las cosas malas, era alguien extraordinario.

viernes, 14 de julio de 2017

Espero que te vaya bien.

Que te echo de menos es un hecho. No hay un solo día en el que no piense en ti, en el que no muera por verte. Es curioso porque cada hora que pasa por el reloj me acerca más a ti, pero también siento que hace que estemos cada vez más lejos el uno del otro. 

Tu vida sigue con tus amigos, tu pareja y tus días de sol, mientras que la mía se encuentra suspendida, como si se encontrara en coma y por la ventana solo se viera una perpetua lluvia. 

Pienso en ti, y en tu maldita risa. Tus chistes malos. Tu filosofía. Pienso en ti y en todo lo que conllevas, todo lo que nunca podrás regalarme. 

Espero que estés bien y que te acuerdes de llamar algún día. 

Yo estaré ahí, junto al maldito teléfono móvil al que le he vendido mi alma a cambio de un mensaje tuyo. 

domingo, 7 de mayo de 2017

El enigma de mis lunas.

Cuando nos conocimos 
me dijiste
medio en broma, 
medio en serio
que no entendías
mis lunas. 

Yo te respondí
que algún día
las comprenderías
y que aprenderías 
a interpretarlas, 
que en el fondo 
soy más simple
de lo que parezco.

Hoy tanto tiempo después
encuentro un mensaje
en el que me dices
que has resuelto mi misterio.

Es una lástima 
que hayas tardado tanto,
que haya sufrido tanto,
que te haya querido tanto,
tanto que no haya podido 
soportar ni un minuto más tus miradas.

Es toda una ironía que
ahora que emprendo el camino
me llames desde la línea de salida,
sembrando la duda
de si sigo o me vuelvo.

Nunca fui valiente contigo,
no conseguí mantener 
la máscara en su sitio,
el corazón ordenado
la mente serena.

Fuiste un huracán
que me agitó hasta
hacerme vomitar,
letras y más letras
todas ellas sin sentido
sin rima, sin métrica,
una pobre metáfora
sobre mi vida, 
esa en la que no estás, 
en la que solo hay letras
y el enigma de las lunas
que has empezado a comprender
pero demasiado tarde
para un nosotros.

lunes, 1 de mayo de 2017

Amores de verano en invierno.

Llegaste como un amor de verano, una cálida brisa que acarició mi rostro y revolvió mi corazón. Sentía el olor del mar y de la noche en vela cada vez que me besabas a escondidas. Habrías sido lo mejor de mi agosto. Lástima haberte conocido en invierno.

martes, 11 de abril de 2017

— Porque te quiero.

Jugueteo con la cremallera de mi chaqueta mientras me mira fijamente. Soy incapaz de levantar la vista. Sé que si lo hago, mi parte más irracional tomará el control y me romperé entre lágrimas. Me duele la cabeza; si por mi fuera me haría un ovillo en el banco y cerraría los ojos. Pero por una vez me he propuesto ser fuerte, así que no valen ni las lágrimas ni las ganas de desconectar. Quiero decirte muchas cosas, tantas que no soy capaz de ponerlas en orden. 

— Aún no es tarde para que te quedes -es la única frase que he conseguido decir, y al hacerlo sé que son las palabras adecuadas. 

Levanto la vista y siento un escalofrío al cruzar nuestras miradas. Creo que nunca me ha mirado con tanta intensidad. Por una vez, en contra de mis instintos, mantengo mis ojos clavados en los suyos. Hoy no soy yo, hoy soy una persona que no tiene miedo, que está en paz y dispuesta a aceptar lo que tenga que venir. 

— ¿Por qué quedarme?

Allá voy. Cojo aire y sin apartar la mirada digo lentamente las palabras que siempre he querido decirle, casi desde el momento en el que nos cruzamos por primera vez  finales de verano, esas palabras que siempre se me han atrancando en la garganta, las que nunca me he atrevido a decir y mucho menos a gritar. Esas palabras que de no usarlas se estaban pudriendo en mi corazón. Por fin sé que es el momento, sé que es la persona, y por fin soy valiente para hacerlo. 

— Porque te quiero. 

sábado, 4 de marzo de 2017

Oda cobarde.

Me gustaría ser más valiente, recorrer los escasos centímetros que nos separan, cerrar los ojos y besarte. Sin pensar en lo que pueda venir luego, sin pensar nada en absoluto. Decirte que has puesto mi vida patas arriba, que no solo vives en mi cabeza, sino que te cuelas en mis conversaciones, y lo que es más íntimo, en mi manera de escribir. Ojalá fuera más osado y pudiera decirte, sin miedo por una vez, que desde que te conozco todas mis palabras son una oda hacia tu persona. 

sábado, 25 de febrero de 2017

Enséñame el mundo con los labios.

He perdido la cabeza. 

No encuentro otra explicación a esto que me está pasando. 

Nunca he podido presumir de estar especialmente cuerdo, pero nunca había cruzado los umbrales a los que me he tirado de cabeza. 

Siguiéndote.

Siempre siguiéndote. 

En esta carrera frenética, a través de paisajes distintos, de épocas pasadas. 

Corro, te extraño, y sigo corriendo en tu dirección. 

Por el camino he perdido los oídos. 

La realidad ya no llega a mi cabeza con la misma claridad que antes. 

Un antes que bien pueden ser unos meses o bien varios años. 

He dejado atrás la noción del tiempo con las prisas. 

¿Dónde te escondes? ¿Ves desde allí mi cordura? 

No confío en los ojos. 

La realidad está tejida entre mentiras. 

Solo me queda el tacto. 

Por favor, bésame. 

Enséñame el mundo con los labios. 

Que no escucho y no quiero ver. 

sábado, 7 de enero de 2017

Adicciones rutinarias.

El mundo no es más que una mancha fugaz tras el cristal. Aquí dentro, en la calidez de este autobús, mecido por el vaivén del tráfico y con el peso de las horas sin dormir sobre mis párpados, pienso en ti. 

La voz muda que habita dentro de mi cabeza no para de preguntarse si piensas en mi, si desfilo por tu mente como tú haces por la mía, si te acompaño todo el día como las estrellas, que siempre brillan sobre nuestras cabezas aunque no las veamos.

No, definitivamente no. No es necesario darle vueltas a un asunto del que conoces la respuesta, ¿verdad? Aún así lo hago, como hago la mayor parte de cosas fútiles de mi vida.

Llego a mi parada, y lo primero que hago al volver al mundo real es encender un cigarrillo y aspirar casi con ansiedad. Últimamente fumo mucho. ¿Puede esto ser un efecto colateral de habernos conocido?

El día transcurre con su monotonía gris habitual. A veces la vida me resulta tan indiferente que me entran ganas de gritarle. Como si a la vida se le pudiera gritar. 

Y entonces entras tú, como un personaje que es reclamado en una obra de teatro. Llegas tú, con tus chistes sin gracia, tus historias y toda esa palabrería de la que nunca he llegado a cansarme. 

Un cigarrillo. Otro. Nunca se me hacen los cigarros tan cortos que cuando me los fumo contigo. 

Junto a ti, la vida pierde la pereza y comienza a girar de una vez. 

Sé que no es sano. No hablo del fumar, que definitivamente no lo es, aunque no considero que sea el mayor de mis problemas. 

Hablo de ti, que me matas a base de sonrisas afiladas y palabras dulces como el chocolate. 

Hablo de ti, de quien me declaro irremediablemente adicto. 

De ti, que cuando nos despedimos nunca dejas de acompañarme.

domingo, 18 de diciembre de 2016

¿Qué sientes en este momento?

Le miro directamente a los ojos cuando termina de reír. Están ligeramente enrojecidos, pero tan abiertos e inteligentes como siempre. Su dedo índice recorre suavemente mi antebrazo, y siento como se me eriza el vello.

- ¿Qué sientes en este momento? -pregunta con la sombra de una sonrisa bailando en los labios.

Reflexiono durante nos instantes. Siento la mente ligeramente nublada, como si el humo de los cigarrillos que hemos fumado se me hubiera ido directamente hacia el cerebro.

- ¿Qué siento en este momento, hacia mi mismo, ... o hacia ti? -pregunto, a pesar de que sé exactamente a qué se ha referido.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Es un te necesito.

Nos miramos directamente a los ojos, envueltos en un silencio desafiante. Sus pupilas devuelven mi imagen desde la profunda negrura de su ser; los espejos más perfectos de, posiblemente, todo el universo. Odio mirar directamente a los ojos, pero en este momento sé que no hay nada más importante que mantener la vista fija y los labios apretados.

El ambiente se ha vuelto casi insoportable. Escucho como el corazón me late en los oídos, cada bombeo de sangre con un sentimiento diferente. Bum. Odio. Bum. Amor. Bum. Odio. A veces ambos sentimientos se superponen, y es tal vez una de las cosas más confusas que he sentido nunca. 

Bajo la corriente de emociones, el deseo de recorrer la escasa distancia que nos separa y plantarle un beso en los labios, es casi desgarradora. No es deseo, no son ganas, es necesidad. Y esto es, de lejos, lo que más miedo me da de todo esto, más que la relación tambaleante y la bipolaridad. 

Es un necesito. Uno que tal vez no diré jamás. 

martes, 20 de septiembre de 2016

Una vida imaginaria.

Vivir una vida imaginaria resulta tan fácil que puede resultar incluso peligroso. Podemos condensar años de vivencias jamás ocurridas en unos minutos antes de dormir o mirando por la ventana. En este poco rato podemos llegar a ser una versión más madura de nosotros mismos, con una casa con vistas a la playa por la que por supuesto caminamos de la mano de nuestra amada todas las tardes. En esta realidad inventada nunca hay discusiones ni fracaso, y la salud siempre es abundante para todos nuestros seres queridos y para nosotros mismos. Todo es tan bonito que cuando salimos de nuestro ensimismamiento, la realidad se nos antoja de un gris insoportable.  

sábado, 17 de septiembre de 2016

Le hablé de ti a la última luna del verano.

Sin saber muy bien como, terminé sentado en la arena de la playa, con la enorme luna llena -la última del verano- justo delante de nosotros. Encendí los últimos cigarrillos que me quedaban en el paquete y le hablé de ti. Se me hace extraño hacerlo; no porque seas un secreto, si no por que eres una de esas cosas de mi vida que me cuesta verbalizar. Creo que las palabras se quedan cortas y ridículas.

- El amor es como un bulto, ¿sabes? -comencé a decir tras una calada especialmente larga-. Simplemente está ahí sin que puedas hacer nada.

- Que romántico eres -me respondió mi amiga entre risas. 

Tal vez mi comparación no fue lo más bonito que puedo decir sobre el amor, pero sigo pensando que es un símil bastante acertado. Aparece sin que puedas hacer nada. A veces más grande, a veces menos. A veces maligno, a veces simplemente indiferente. ¿Entiendes ahora por qué comparé el amor con un bulto?

Después de estas palabras le conté todo. De manera un poco torpe, tengo que decir. Nunca se me ha dado demasiado bien eso de hablar sobre mi, y muchísimo menos sobre ti. Mi amiga aguantó la historia con paciencia, que duró más o menos dos cigarrillos. No es mucho, ¿verdad? Tampoco le podría haber contado mucho más. 

- Es curioso -dije ya casi al final de mi monólogo-. Nos encontramos una y otra vez. Nos hemos cruzado en ciudades distintas, entre multitudes enormes, hemos estado en el mismo lugar al mismo tiempo. Es como si fuera... el destino

- ¿Cómo es? -preguntó.

Reflexioné unos instantes mientras miraba las olas frente a mi. 

- Es bajito -reí mientras indicaba su altura sobre mi hombro-. Tiene el pelo negro, muy oscuro, y los ojos son de un verde, que dios, nunca he visto algo así, es un verde como de manzana ácida, y su sonrisa es simplemente impresionante. Y es... inceíblemente especial. ¿Y sabes que es lo peor? Que posiblemente ni lo sepa.

lunes, 11 de julio de 2016

Todos corremos por algo.

Siempre corriendo. A la parada de autobús. Al punto de encuentro. A cualquier lugar, en cualquier momento. Corriendo para que no se nos adelante nadie, corriendo para llegar en primer lugar. Porque siempre tenemos que ser los primeros. En todo. No se te ocurra pensar por un solo instante lo contrario. 

Aprieta el paso. Más rápido. Hasta que duela. No pares. Pararse suele ser sinónimo de pensar. Y el pensamiento da lugar a que te replantees las cosas. 

Tal vez, si te paras, si no corres, te des cuenta de que no quieres llegar allí a donde te están llevando tus pasos en este preciso momento. 

Quizás, si te paras, no quieras correr más. 

martes, 9 de febrero de 2016

Psicoanálisis

Era una sensación extraña. Era algo que definitivamente no debería estar ahí, más la ausencia de algo que el algo que sobra. Era como si hiciera mucho tiempo le hubieran arrancado una parte imprescindible, un parte vital de su anatomía que le impedía vivir como se supone que debría hacerlo, era algo que lo forzaba a estar en un segundo plano, como si viera la vida tras un cristal empañado. 

Está ahí, siente, está vivo, pero todo es tan ligero, breve y efímero, todo es casi ajeno, como si su existencia no tuviera la intensidad adecuada. No esta mal, pero sufre, es algo más allá de el estar bien o el estar mal, es el estar neutro, el estar impasible, estar indiferente hacia la vida. Es estar vacío, o lleno de una nostalgia por algo que no sabe bien qué es. Es algo que lo hace pasar los días en la cama aún sin estar enfermo, sin sentirse mal. 

Es una sensación que lo hostiga, que le hace darse cuenta de que abrió la prisión de los pájaros que volaron de su cabeza. Es la sensación de añorar algo que no ha tenido y que desde luego no va a tener. Porque además es un algo quimérico, algo tan intangible como los sueños, tan inalcanzable como las estrellas que tanto contempla por las noches. 

Sabe que es fuego, pero que esa sensación le hace ser hielo. Sabe que le falta ese algo, que hay un trozo de si mismo en algún lugar, o al menos eso quiere creer, porque tras la capa de escarcha aún sigue esperando a que eso exista realmente y que no sea un delirio febril. 

viernes, 18 de diciembre de 2015

Sueños materialmente intangibles.

Que curiosos son los sueños. Son intrínsecamente inmateriales, pero a pesar de ello son tan físicamente tangibles que te hacen sangrar con los pedazos que dejan dentro de ti. 

Hay sueños que pueden quebrarse por cientos de lugares diferentes, agujerearse como el Titanic, y hundir consigo a los amantes locos. 

Hay sueños que se rompen como las piñatas, que estallan y te dejan un recuerdo dulce, que dan alegría. 

Hay sueños que estallan como fuegos artificiales, que son bonitos, llamativos, purpurinosos, pero que queman, te hacen arder, te consumen en un fuego inextinguible de delirios febriles. 

Hay sueños que se resquebrajan como las cartas que nunca te atreviste a enviar, que te dejan con ese sabor en la boca de '¿y si hubiera sido más valiente?', que duelen en cada centímetro rajado, pero que te quitan esas piedras que cargas como dagas en la espalda. 

Hay sueños que se difuminan como un oasis en medio del desierto, como un barco fantasma lleno de espectros anhelantes, que se van dejando la duda de si algún día estuvieron ahí o no. 

Hay sueños y sueños. Muchos de ellos. Y aunque todos juran y perjuran ser inmateriales, no os fiéis: los sueños tienden a tejer una red de mentiras. 

lunes, 26 de octubre de 2015

Carne, hueso y saliva.

Fue una noche extraña. De esas que al día siguiente recuerdas y no sabes como terminaste en aquellas situaciones. Besos robados a traición, besos rogados y aceptados por la situación, besos públicos, besos anónimos, 'hola qué tal' como filosofía de vida. Amores ausentes. Chicas obsesivas, locas, cleptómanas de poder. Chicos electrónicos, potentes, eléctricos. Atenciones cruzadas entre bandos. El juego del quién es quién en carne, hueso y saliva. Una banda sonora pop. Heridas, golpes, sangre y orgullos rotos cuyos trozos se esparcen por los adoquines. Tequila sin sal ni limón. El mar cayendo del cielo, llorando por las cosas que se perdieron aquella noche, o que quizá nunca habían estado allí, llevando consigo una espesa capa de nostalgia. Tintes, lentejuelas, vodka escondido en setos, policías, canciones guarras. Más tabaco del que puedas contar, que se disuelve el volutas de humo gris y mentolado. Reencuentros, copas de más, copas de menos, mentiras y falsas intenciones. Amistades de una noche, de esas que al día siguiente recuerdas por esa absurda foto en Instagram. Vicio, sed, puñaladas que vuelan como saetas. Caricias por la espalda de desconocidos, tu culo profanado por manos ajenas y tu autoestima haciendo lo inverso a lo que debería de estar haciendo aquella noche.

martes, 20 de octubre de 2015

Romper.

Era una noche de esas en las que parece que no existen las lejanas y tintineantes estrellas, en la que el cielo es oscuro y basto como las pupilas del diablo, y en las que las calles de la ciudad mudas y despejadas de cualquier indicio humano. Tras el ocaso, los gatos callejeros y el viento frío de finales de otoño fueron los amos y señores. 

El vaho era el único indicio que indicaba que había vida tras la máscara de porcelana que representaba su rostro. Abrazado a si mismo, se sumergió en la negrura. Tenía frío, había olvidado la chaqueta vaquera en su casa, pero no se atrevió a subir a por ella. Su mente era incapaz de salir de aquel bucle enfermizo. 

Una farola se apagó cuando pasó junto a ella. Un gato salió a su paso, silencioso como el veneno, y se sobresaltó cuando se deslizó junto a él. El eco de sus pasos dejaron de oirse en la calzada, y se detuvo por unos instantes.

Estaba allí, y sintió la infinitud del universo; no solamente sobre él, en aquel cielo oscuro, sino en torno a él. Sintió que él mismo era infinito, que dentro de él había un mundo tan inabarcable como aquel que se extendía ante él. 

Lo había dejado. Habían roto. Y por un momento se sintió triste cuando abandonó el apartamento en el que no solo se quedaba su abrigo, sino cientos de minutos y de sentimientos compartidos. 

Estaba triste, pero no era el fin. No, su vida no terminaba con ella. No estaba arrepentido, valió la pena, pero allí se quedaba. No era el fin para él, y casi se avergonzó de haberlo pensado. 

Sin mirar atrás de nuevo, siguió su camino, en el que la calle estaba un poquito menos oscura.